Sus piernas parecían estar a punto de dejar de responderle, trataba de seguir avanzando, apartando aquellas ramas que se extendían por aquel camino inexistente que el mismo estaba trazando dentro de aquel bosque nubloso. Sentía fuego corriendo por sus pulmones, y la desesperación golpeaba su cabeza, haciendo que poco a poco una sensación de mareo se apoderase de él.
Ya apenas podía ver a su perseguidor, escondido entre la maleza, agazapado en algún lugar, mientras que furioso trataba de darle caza. De divisarlo indefenso en alguna parte de aquel remoto lugar donde ni siquiera sus gritos podrían salvarlo del futuro que se cernía sobre él, a una velocidad cada vez mayor.
Ya no veía a su enemigo, pero lo sentía, lo percibía de alguna manera, no se había dado por vencido, andaba tras sus pasos, con tal de atraparlo.
Pero él no lo permitiría, la rebeldía ardía en su corazón. Jamás volvería a aquel lugar. Jamás.
- ¡Vuelve aquí! Sabes que no voy a hacerte daño, mi perfecta creación.
No necesitó volverse para saber quien se hallaba detrás de él, a pocos pasos de diferencia. Ninguno de los dos se detuvo, continuando aquella carrera absurda.
Quería escapar, necesitaba escapar, pero ya apenas le quedaban fuerzas.
Ya no podía parar, solo seguir, y seguir, mientras sangre corría por sus brazos, mientras el sudor se deslizaba por su piel, cubierta de arañazos, mientras poco a poco su fuerza se iba extinguiendo.
Su final estaba cerca, quizás este sería el caer al suelo agotado y desangrado, o por otro lado finalmente caería en los brazos de su perseguidor y sería castigado por su rebeldía y por aquel infantil intento de huida.
Y esto fue de las últimas cosas de las que fue consciente, cuando resbaló, sin remedio, y su pequeño y escuálido cuerpo rodó, cual muñeco sin vida, colina abajo, llenándose de barro y arañazos, terminando esa dolorosa trayectoria en el río. Sumergiéndose en sus aguas oscuras, y frías.
Desesperadamente sacó su cabeza a la superficie, mientras el río lo absorbía, mientras la corriente lo arrastraba. Apenas sabía nadar, con lo cual se limitó a palmotear en el agua, miserablemente, mientras observaba a su perseguidor en la orilla del río. Quieto.
No era capaz de ver con claridad la expresión de su rostro, solo distinguía su pelirroja cabellera, y su chaquetón, desgastado y manchado, ese que siempre llevaba y nunca parecía quitarse.
Desesperado, se dio cuenta de que él podía salvarlo, podía sacarlo de allí, estaba a tiempo de impedir que el río lo engullese y arroyase su cuerpo. Pero él no iba a hacerlo. No lo entendía…
Y cuando vio su muñeca sangrante salir del agua, en uno de sus intentos de nadar hacia la orilla, lo comprendió todo. Era demasiado tarde, demasiado tarde para él. Iba a morir, él no lo salvaba porque sabía que iba a morir.
Tragó aire profundamente, antes de quedarse quieto, y dejarse arrastrar por la corriente, antes de perder la conciencia, antes de que su cuerpo desapareciese del campo de visión de su perseguidor, el cual estaba convencido de que aquel niño estaba muerto.